Mi Media Maratón
en mi Gijón del alma
Y por fin llego el día. Esta vez
lo tenía claro. Lo necesitaba. Quería disfrutar de la carrera, de la gente, de
mi ciudad. Corría con mi hermana pequeña. A Luis al final lo convencí para que
hiciese su carrera y se olvidase de mí. Esta vez me encontraba descansada, no puedo decir que tranquila, porque para eso
tendría que volver a nacer. Qué le voy a hacer yo, si soy doña Agonías. Ya sé
que no me juego nada, que no voy a ganar ninguna medalla, pero eso nervio de
antes de las competiciones me puede.
Llegamos a la zona de salida,
foto con los Trotones (el equipo de la ofi de mi hermana), calentamiento y
rápidamente a colocarnos en nuestro cajón con el globo de 1:50. Besos al maridín,
suerte, nos vemos en la meta.
Empieza el lío y vamos dejando
pasar a la gente, no queremos dejarnos llevar por la estampida del principio.
Nos pegamos al globo de 1:50 durante los seis primeros kilómetros, pero realmente
lleva el ritmo de 1:45 así que pasando.
Quiero que el depósito me dure toda la carrera. Aflojamos ritmo.
Llegamos al arco de 10 kilómetros y hay un montón de gente animando. Vamos todo
el rato charlando. Un chico que corría su primera media maratón se une a
nosotras. Empezamos a ver a los que vienen de vuelta. ¡Qué máquinas!
La tarde está oscura, amenazando
lluvia, y a partir del kilómetro 13 comienza la tromba. Bueno, ahora ya está,
toca mojarse. Aun así vamos bien. De repente digo, “¿ya estamos en el kilómetro 16?” No me lo puedo creer, nunca me
había pasado en ninguna carrera. Siempre llevo con precisión milimétrica
cuántos kilómetros llevo hechos y cuántos me faltan. Qué bien, no estoy
sufriendo nada y además me lo estoy pasando bomba.
A pesar del diluvio nadie no se
va a sus casas. El paseo de la playa de San Lorenzo está lleno de gente con paraguas
que hace fotos y no para de animar. Las zapatillas me pesan un montón y hacen
chof chof. Pasamos hasta de beber y por supuesto, de las esponjas. Como mucho
una toalla o un paraguas. Pero de eso no tienen.
En el kilómetro 19 a mi hermana
la rodilla le saca la tarjeta roja. “Aguanta
un poco Adri, no queda nada”. Dice que no puede, que tire, que tiene que
ponerse la rodillera que ya en previsión llevaba a modo de brazalete. Veo al
fondo la plaza de toros. Por ahí debe estar el kilómetro 20. Y entonces a mi
lado aparece alguien, un señor de unos 60 años, bajito, muy delgado. “Hola, qué tal? Vas bien?” Le digo que
sí y me cuenta que él ya ha acabado la carrera, que están saliendo a buscar a
la gente para acompañarles el último kilómetro. “Pues si vas bien, venga, vamos, a volar”. Obedezco y aprieto. “Ven por aquí, pégate a la derecha. ¿Ves
esos dos de ahí? A por ellos, adelántalos” Es genial. Consigue que ese
último kilómetro sea el más rápido de toda la carrera. Llegamos ya la entrada
de Las Mestas. Queda sólo dar la vuelta a la pista para llegar a la meta. “Muy bien, campeona. Ahí la tienes ya. Zancada y braceo, ¡corre!”. Vuelvo la cabeza para
darle las gracias y lo veo desandando otra vez el camino, supongo que para
acompañar a alguien más. No sé su nombre y probablemente no vuelva
a verle en mi vida, pero sólo sé que gracias a gente como él cobra sentido la
frase que dice que correr no es sólo correr.
Patricia Pertierra.
Patri, me alegra comprobar que has disfrutado mucho este medio maratón. Te lo merecías. Y me ha dejado alucinada lo del hombre ese, qué grande. Un beso.
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